Siento una extraña fascinación por lo absurdo

Long time no write… Pero aquí estamos de vuelta.

Como bien había aprendido del profesor Richard Bates, en la serie Californication. Para escribir, obligatoriamente hay que vivir, y con vivir no me refiero a vivir en cantidad de años, sino en calidad de los mismos.

Me he dado cuenta de que difiero con demasiadas cosas del mundo actual, principalmente con el hecho de “adaptarme” al ritmo de vida que se supone deben vivir las personas para lograr algo, pero ¿Quién exactamente es que nos exige vivir de tal o cual forma? Aún no lo sé, pero sería interesante descubrirlo.

Básicamente tengo una ambición bastante limitada en cuanto a todo lo que hago, no por un pensamiento mediocre, creo, sino porque al final de cuentas, el haber llegado muy lejos, como el no haber llegado a ningún lugar, nos llevarán a todos al mismo sitio a todos sin excepción alguna. Es por ello, que lo único que espero y busco tener en esta vida, es una vida que valga la pena haber vivido.

Gracias al haber renunciado a tantas cosas, hoy en día tengo bastante tiempo para sentarme y observar todo lo que ocurre a mi alrededor y realmente confirmar que no estoy hecho para vivir de la forma en la que la sociedad espera. Y es que en verdad, no entiendo la necesidad de sacrificar todo a cambio de nada.

La vida no se sienta a esperar a nadie, el universo no conspira a favor o en contra, no somos los protagonistas de la existencia. Pero si los protagonistas de nuestra propia historia, pero no sé cómo, no se cuando ni por qué; de alguna forma, nos enseñaron a vivir todo el tiempo como personajes secundarios que están ahí para vivir según la voluntad del falso guionista que diseña el estilo de vida de la sociedad que nos toca dependiendo el espacio, el lugar o el tiempo.

Andando sin dinero, sin empleo y básicamente sin nada. En una bicicleta vieja, por toda la ciudad, no buscando más nada que explotar al máximo mis deseos de rodar a través de las grandes avenidas para sentir la velocidad, el viento y sobre todo por esa necesidad imperante de enfocarte en el presente que requiere andar en bicicleta, para no terminar debajo de un auto simplemente por tener la mente en otro lado. Todo eso, porque realmente lo deseo, porque realmente me apasiona o no porque «tengo qué», ya que en el momento en el que algo se vuelve «necesario» realmente deja de ser divertido. Viviendo de esta forma, he tenido tiempo para observar lo absurdo.

Durante mucho tiempo he sido un amante de lo simple, y hoy en día debo confesar que siento una extraña fascinación por lo absurdo. El absurdo de perder el tiempo a cambio de dinero con la promesa de ser feliz luego cuando compre tal o cual cosa que de alguna forma nos enseñaron que es “necesario”, sin entender que lo único necesario realmente es lo que nos pueda mantener vivos. He tenido tiempo para sentarme en el centro de la ciudad y ver cómo la gente pierde ese mismo tiempo en el que estoy viviendo. Sentados en su auto nuevo, esperando incluso horas para avanzar un par de metros entre el cambio de luces de un semáforo, ya que la tecnología, de alguna forma, sin consciencia, sin voluntad ni deseo, se ha convertido en centinela que observa y regula la forma en la que vivimos, intentando poner un orden, ignorando que no hay nada más natural que el caos. Tiempo en el que simplemente estoy ahí, sin nada, mirando como todos pasan con la mirada clavada en sus pantallas, buscando el calor de una conversación que nunca será igual que en persona. Simplemente por eso, porque no tienen tiempo para renunciar a todo y sentarse en un café con alguien que nos desconecte de esa “realidad ficticia” y nos devuelva al presente para compartir aquello tan preciado que se llama aquí y ahora.

Al igual que esos que sacrifican todo por “tener” o por “lograr”, yo sigo viviendo sin haber alcanzado nada en el sentido que la sociedad entiende como un logro, pero sintiéndome cada día más realizado por llegar cada vez más y más lejos dentro de mi mismo, explorando mi propia consciencia hasta un día poder entender quien soy realmente, mientras voy haciendo lo que quiero con el tiempo que me fue dado. Al igual que todos esos que no tienen tiempo para pensar en si mismos y en todo lo que importa, yo sigo teniendo lo realmente necesario, sin importar el modo en que lo haya conseguido, porque en cierto punto aprendí, que realmente hay para todos y que el afán no es más que el producto de la desesperación propia de creer que no tenemos nada, sin darnos cuenta, de que justo en el momento en que nacimos, somos parte de un todo.

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