Cada Mañana

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-No, al final de cuentas creo que no tiene sentido nada de lo que estoy haciendo-

– ¿Y por qué no haces nada distinto? – Dijo Irma mientras levantaba la vista de sus notas.

Por unos segundos Julio meditó una respuesta lógica -En verdad no se hacer más nada y esto por lo menos me deja dinero, bastante dinero, en verdad-

Irma volvió su atención a las notas -Entonces, al final tu prioridad siempre ha sido el dinero-

-No, realmente más que el dinero me llama más la atención la fama y el tiempo para poder hacer mis cosas- terminó por concluir.

Sin mucha prisa, pero con la velocidad característica de la gente ocupada. Se levantó del sillón abotonó el saco de su traje y se ajustó la corbata.

-Aún no se ha acabado la sesión- La mirada de Irma, aún sentada se encontró con los ojos de Julio en una posición de superioridad que la hizo sentir incómoda y vulnerable.

-Recuerda que hoy tengo una presentación en el Jaragua-

Mientras caminaba por el pasillo volvió a repasar el tono desaprobatorio en el que Irma le reprochó lo del dinero. Quien no conoce su historia -suele pensar- no tiene la menor idea de toda la mierda que tuvo que aguantar antes de tomar la decisión de hacer lo necesario para salir del hoyo. De hacer más allá de lo que hace el promedio que día por día se queja de lo jodido que está el mundo.

Al abrir las puertas del ascensor, su Mercedes lo estaba esperando como de costumbre y rápidamente Jean bajó para abrir la puerta antes de que Julio llegase siquiera a tocarla, y al entrar, se dejó hundir en el asiento dejando escapar un suspiro de liberación.

– ¿Todo bien señor? –  preguntó Jean mirando al retrovisor, pero con la tranquilidad de quien está acostumbrado a servir a Julio en sus momentos más íntimos y sinceros, los momentos donde puede ser el mismo.

– ¿Tu alguna vez me haz visto como un fraude? – Preguntó sin mirar a Jean a los ojos. Quizás para hacer la pregunta menos incómoda.

-No señor, ¿lo dice por lo de las sesiones? –

-Si-

-Bueno, supongo que todo el mundo las necesita-

-Si, pero se supone que tengo mi vida en orden, se supone que eso es lo que vendo, o por lo menos lo que intento vender- Aunque su mirada estaba clavada en los edificios que se iban desplazando por la ventana mientras el auto recorría la ciudad congestionada por la hora pico.

-Que le digo… A mi mujer le encanta su trabajo, si lo que usted vende es mentira, por lo menos a ella la ayuda en cierta forma-

– ¿En qué forma? – Volvió a mirar a Jean desde el perfil, ya que se encontraba tan hundido en el asiento que a penas podía ver nada, como un niño pequeño sentado en un rincón mientras vuelve de la escuela enojado por un mal día.

Jean se quedó en silencio por unos segundos, mientras se detenía en el semáforo y miró a Julio a los ojos -Cuando llegamos de Haití, uno vino a trabajar, a hacer dinero para mandar y para ver si aquí hacíamos algo. Uno no se imaginaba que la cosa iba a ser tan dura. Por el trabajo suyo, yo hoy tengo el mío y mi mujer ya no tiene que andar lavando-

Se hizo un largo silencio entre los dos, y a pesar de la gran cantidad de sonidos lejanos que conforman el ambiente en Santo Domingo. Julio seguía hundido en la piel de su asiento, con una mueca en sus labios y los ojos humedecidos. Claramente necesitaba llorar, pero hacía demasiado tiempo que había renunciado a eso. Para él, no tiene sentido dar rienda suelta a las emociones si ello no puede cambiar nada.

No le respondió a Jean, ni Jean esperó una respuesta. Entraron al parqueo soterrado y Jean se bajó para abrir la puerta de Julio quien ya había recobrado la compostura, como si aquel momento emocional nunca hubiese pasado -Hay que mantener el control, para que el mundo no tome el control de nosotros- solía decir siempre en sus charlas.

Es contraproducente, que una persona como el esté cargando con una depresión tan amarga -Suele pensar en sus malos momentos- pero que le importa al mundo como yo viva siempre que sepa hacer lo que hago, que me importa que lo que vendo sea una mierda si al final es mierda lo que quieren todos.

Entró al camerino donde todo el mundo se levantó de un salto y corrieron a pulir su ya cuidada imagen.

-Estamos un poco tarde- Le dijo una de las asistentes mientras la maquillista retocaba su frente y pómulos para evitar el brillo de las luces.

-Problema de ellos por llegar tan temprano- respondió con su característica falta de interés hacía el público.

Uno de los asistentes de producción hizo guardar silencio con la mano levantada en el aire, y comenzó a cerrar los dedos en señal de cuenta regresiva.

La cara de Julio estaba tan seria como quien va a asesinar a alguien, se contuvo las nauseas respirando profundamente mientras apretaba los puños cuando el presentador de turno rompió el silencio con una fingida jovialidad.

-Con ustedes… Julio… Rooobleeeees-

Los aplausos hacían rugir el escenario, mientras Julio entraba con un paso firme y una amplia sonrisa de éxito seguido por las luces y la fanfarria que le acompaña siempre en cada presentación. Se paró en medio del escenario y sin decir media palabra puso su tan ensayada cara, tomándose su tiempo para recorrer todo el público como si lo que fuera a contar en ese instante, sería el secreto mejor guardado de toda la historia de la humanidad…

Los aplausos se fueron apagando y el silencio se apoderó de la multitud expectante. Julio asintió levemente, levantó un dedo y señalo al publico en general con su micrófono en la mano. Y justo antes de decir algo, no pudo evitar sonreír para sus adentros y pensar en toda esa gente que había venido, y pagado una exageración de dinero para escuchar consejos de felicidad y éxito, a un conferencista y autor, que cada mañana se levanta con el dolor de darse cuenta que aún está vivo.

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