La Satisfacción de Haber Vivido

Pocas experiencias de vida me han impactado tanto como esta, no por ser fantástica, no por ser demasiado fuera de lo común, sino por eso mismo; por ser demasiado ordinaria pero que a su vez me hizo afianzar la idea de que no somos nada.

La noche anterior, mi padre me había dado algo de dinero que pensé en usar para algo “importante”, cómo ahorrar para invertir mientras consigo empleo o incluso para cuando encuentre empleo poder moverme sin necesidad de pedir a mi madre con quien vivo.

Cada domingo tengo la costumbre de salir con mis amigos a “brincar” así que todos los domingos, aún con legañas en los ojos, siempre reviso los mensajes del grupo a ver cuales son los planes. Los de ese fin de semana eran ir al Faro a Colón y luego de ahí, pasar a la Zona Colonial a ver qué encontramos. Y así fue.

Coordinamos todo y salimos Jim y yo en nuestras viejas bicis hacía la casa del Sebas con quien entonces iríamos en su viejo auto a los lugares pautados en el chat. Lugares donde para ser sincero, el tiempo no pasa y me olvido de la realidad que envuelve la rutina, el aburrimiento de las tareas mecánicas y la pesadez de tener que ordenar las palabras para contar esto que escribo.

A pesar de eso, no se por qué mis ánimos no estaban del todo bien, mi motivación para saltar no era la suficiente y por lo tanto mi desempeño se fue a la mierda. Por lo menos, si estuve creativo con las tomas del vídeo que me estoy tomando la libertad de filmar mientras los otros no se dan cuenta, o sí, quién sabe.

Esto de hacer “arte” siempre es liberador y reconfortante, es lo único que me hace sentir útil en algún modo y digo “de algún modo” porque al final ese arte no es remunerado de ninguna forma por lo cual no aporto nada en casa o a mi mismo en ningún sentido más allá del creativo. Pero se supone que de eso va el “por amor al arte”, el amor no es más que esa entrega incondicional hacia alguien o algo sin esperar nada a cambio.

Mi amor, mi motivación, no la única, pero sí la principal es poder crear contenido que de alguna forma exprese mi visión, según los expertos, pesimista de la realidad.

Bueno. Entre saltos, ideas y momentos de contemplación, se nos fueron pasando las horas y terminamos en el último piso del parqueo municipal de la calle El Conde, viendo los techos y fantaseando con poder recorrerlos todos y escapar antes de que nos atrapen, siempre hablamos de eso como una posibilidad real, pero se que nunca lo haremos, por lo menos, yo lo lo sé, en el caso de Sebas si lo ve como una posibilidad. Yo simplemente me limito a ignorar la realidad, seguir la corriente y disfrutar del momento.

Y es que, a falta de un plan por el cual luchar ni metas que alcanzar un día, imaginar siempre ha sido esa escape de la realidad que tanto me ha gustado desarrollar, casi siempre en historias que escribir o fantasías que compartir con mis amigos cuando nos juntamos a hacer nada más que pasar el tiempo. Justo como ese momento en donde veíamos el sol bañar en oro el paisaje urbano de nuestra no tan querida ciudad, pero al fin y al cabo nuestra.

Eventualmente, darle tanto al tema pierde la gracia después de un rato y optamos por pasearnos por la zona a ver donde podíamos seguir lo nuestro ya que los lugares de siempre estaban llenos de gente. No se como olvidamos que los domingos son domingos y que todo el mundo sale en domingo porque… es domingo.

Y así fue como buscando un poco de soledad encontramos aquella mansión, medio abandonada, medio restaurada, justo en el centro de la Zona Colonial. Tan majestuosa y al mismo tiempo tan discreta.

No pudimos evitar quedarnos azorados analizando cómo podríamos escalar desde fuera para subir al techo, de hecho, esa posibilidad también la veía como una fantasía hasta que el Sebas comenzó a subir así sin previo aviso y Jim comenzó a grabarlo como si no estuviéramos haciendo nada ilegal.

Tuve un choque de adrenalina, shit just got real. Y así como si nada, ya el Sebas estaba en el balcón de la segunda planta haciendome señas con las manos, como si se echara brisa,  para que subiera rápido, y así entonces, y poseído por la confusión y la excitación, comencé a subir siguiendo las instrucciones de Jimy que estaba justo debajo esperando su turno.

Mientras más subía de nivel, más me iba subiendo la ansiedad, ya podía ver como nos jodía la policía por entrar en una propiedad privada. De seguro ya alguien nos había visto y daría parte a la CESTUR. Maldición, no se a quien se le ocurre meterse en una casa así. Mierda… estabamos jodidos y yo era el único que podía darse cuenta.

Una vez dentro, comenzamos a explorar la casa, totalmente vacía pero limpia y restaurada, como si alguien pudiese vivir justo en el momento en el que le diera la gana de llevar sus muebles.

Seguimos subiendo las escaleras piso por piso, hasta que nos golpeó el sol de frente al llegar a la azotea. Y en ese momento, como en ningún otro anterior a este, quedé pasmado por la belleza de una ciudad que suelo odiar el noventa y nueve por ciento del tiempo que que me ha tocado vivir en ella.

Aquel paisaje me dejó la mente en blanco, creando ese campo de distorsión de la realidad en el que no pasa el tiempo y de alguna forma nos hacemos dueño del espacio donde estamos, como si hubiéramos pertenecido ahí de toda la vida.

Me había olvidado de la ansiedad, me había olvidado del mar de gente que bullía fuera, justo debajo de nosotros, demasiado concentrados en sus cosas como para darse cuenta de que sobre sus cabezas habían tres idiotas viviendo más allá de las posibles consecuencias de haber vivido.

Y fue así como pasaron los minutos y las horas en el mundo real, nosotros seguíamos saltando, riendo y soñando con la próxima vez mientras el sol continuaba su descenso tras el mar, y ya en ese punto donde se compensa la poca luz natural con la artificial de las farolas, fue cuando pensamos en que ya era tiempo de volver al suelo. Entonces, me acordé de lo jodido que íbamos a estar, y al mismo tiempo pensé en que por más jodido que sea, aquel momento con mis amigos, aún hoy, vale más que cualquier mierda.

Y así bajamos, cuando había aún más gente que nos viera. Frente a los negocios nocturnos que comenzaban a abrir y a sacar sus mesas, frente a los que miraban sin saber lo que estaba pasando. Y así nos fuimos, sin preguntar, sin pedir permiso y sin pensar demasiado en las consecuencias. Como cuando éramos adolescentes en busca de descubrir nuevos lugares y coleccionar buenos recuerdos.

Definitivamente en ese momento, pude afianzar esa idea de que no somos nada que el universo no conspira a favor o en contra de quienes lo habitan, no somos más que seres insignificantes en una mota de polvo que vuela alrededor del sol y este alrededor de la galaxia y así y así… al final, somos muy poca cosa, la vida, en comparación con la edad del universo no es ni siquiera un instante. ¿Qué importa lo que haga, si al final estaré muerto?

Y así es, en algún momento del futuro estoy dando mi último aliento, quizás, con la satisfacción de haber tenido momentos como estos porque aunque inevitablemente moriré, es probable que me vaya con la satisfacción de haber vivido.

 

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2 thoughts on “La Satisfacción de Haber Vivido

  1. Puede que “no seamos nada”, pero gracias a tus letras, yo que estaba volando al rededor del sol como otra mota de polvo, he experimentado ser tú por unos momentos y me ha encantado. ¡Gracias por escribir con tanta honestidad!

    1. Muchas gracias a ti por detenerte a leerme unos minutos y sobre todo por comentar. Estar en comunicación con los que me leen es lo que me hace seguir creciendo <3

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