La Última Carta

Quise beber ese último trago de vino que sin percatarme había dejado en la copa. No soy de desperdiciar, pero esa noche, me encontraba tan metido en mis propios asuntos. Pensando con tanto detalle en lo que había de hacer… bueno, en lo que había hecho. Que ni siquiera me tomé el tiempo de terminar aquel vino barato que siempre acompañó mis noches de escritura.

Hacía ya más de una hora que había terminado lo escrito, ni siquiera reparé en contar las veces que revisé cada detalle para no dejar un error o una idea suelta que no explicase bien las intenciones de todo esto.

El oficio de escribir suele tener ese efecto en mí, de no poder ver más allá de mi mismo y olvidar las cosas que aún siguen su curso, como aquel cigarrillo encendido en su cenicero, consumiéndose a si mismo, contrario a su propósito de fundirse en el aliento de alguien más, de convertirse en ideas para los creativos y en un desahogo para quienes en sus vicios buscan consuelo.

Ya era demasiado tarde para terminar mi cigarrillo y el vino. Ya era demasiado tarde para corregir algún error cometido y sin lugar a dudas, ya era demasiado tarde para estar vivo.

Quise tomar mi abrigo, pero luego me di cuenta del poco o ningún sentido que tendía aquello. Así que salí a caminar en la húmeda oscuridad de la noche. Pensé que estaría más tranquilo luego de poder descargado hasta el más mínimo detalle de mi amargura en las letras de aquel escrito. Pero no, al parecer está en mi naturaleza soltar una preocupación para tomar otra. Esta vez una más preocupante que la anterior ya que sea cual sea la consecuencia de este acto, sin lugar a dudas tendría una repercusión de la que mi imaginación no se podría hacer la más mínima idea.

A partir de aquella noche, la percepción del tiempo ya no era la misma, mi percepción del espacio, incluso, es algo que no pudiera describir con facilidad si en algún momento encontrara la forma de poder hacerlo como cuando escribía. Podría decirse que en cierto modo ha sido un regalo para mí que nunca me ha gustado caminar en soledad.

Recuerdo que cada visita de aquella noche fue como si cada casa, cada persona y cada cuarto viniese a mí y no yo a él como es lo natural. Aunque la naturaleza, ahora que puedo contemplarla, es mucho más compleja que la definición que solía darle cuando aún disfrutaba del vino.

Pensé, en mi ingenuidad, que, por el carácter general de aquella carta, no te darías cuenta, si es que llegaba a ti la noticia, de que cada letra escrita, al igual que cada latido de cuando aún hacía mis cigarrillos, era contigo en mi mente.

Simplemente no veía otra salida, aún no veo otra salida por lo cual no me había arrepentido hasta este momento. Preferiría morir antes de verte descansar en otros brazos, así que preferí herirme antes de si quiera pensar en hacerte daño. Pero todo tiene sus consecuencias… no se puede hacer caso al diablo y pretender salir ganando. Yo que pensé que había salido sin condena, nunca pensé que te vería aquí conmigo, de este lado, cuando se supone que tu destino era el cielo.

Se supone que solo yo debí de haber muerto en aquel disparo, solo yo debí volarme los sesos en aquel arranque de ira y celos. Ahora soy yo quien llevo, más allá de la muerte, la culpa de verte desandar con tu vestido, el que pudo haber sido nuestro, buscando otra oportunidad, desde el mundo de los muertos.

5 thoughts on “La Última Carta

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *