Más allá de lo que decían sus labios

Pequeñas partículas de arena golpeaban mi piel, como gotas que revientan en las ventanas de un auto justo cuando empieza a llover; en cualquier otro momento hubiesen sido imperceptibles a no ser de que justo en ese momento en particular, como nunca antes en toda mi vida, o por lo menos estando sobrio, fui consciente de todo evento que ocurría a mi alrededor. En aquel instante de mi afanada existencia, llegué a la realización de que estuve realmente vivo. Los rayos de sol traspasaban las hojas de palma, que como largos y delgados dedos que se entretejen entre sí, formaban un techo casi perfecto. La brisa era cálida y el sonido del mar, conformaban, una melodía con las olas que mueren en la espuma; para dar vida al salitre que se confunde con la brisa; transportando aquel olor que aún a veces despierta en mi mente y mi corazón, aquel momento extraordinario en un día cualquiera, de aquel particular verano. Ella, ordinariamente hermosa como siempre, dormía calmadamente a mi lado, casi sin respirar, casi sin dejarse notar más allá del calor que irradiaba su piel canela.Ese día me pidió ir a la playa juntos. Mi primer pensamiento, casi por instinto, fue negarme, pero ella me había ayudado, como nunca nadie la vida, a superar ese miedo a salir del cascarón para ver qué diablos hay fuera. Hacía meses que no sufría de algún episodio, no recordaba la última vez que el indomable malestar me obligó a encerrarme en algún rincón oscuro; lejos del ruido y de las miradas extrañas que nunca han comprendido que anda mal conmigo. Esa es la razón por la que sobre cualquier otra persona que haya conocido, terminó por convertirse en el centro de mi existencia. Por fin, había conocido a alguien que comprende y sufre las mismas condiciones que nos hacen ser como somos. Vino a mi vida como un ángel, y aunque no era la causante de todo lo bueno; se convirtió en una inspiración para comenzar a ver los colores de la vida, que hasta entonces me había perdido en la segura y confortable oscuridad de mi cuarto, donde no existía nadie más que yo. Dije -Sí, Quiero ir contigo- Y partimos a aquel evento normal para cualquier otro, pero que para mí representaba la gran aventura; salir de la comarca y ver que hay más allá del muro. ¡El mundo, la última frontera! Realmente pude sentir su felicidad y hacerla igualmente mía. Ella no es muy expresiva con sus emociones, pero su sonrisa, luego de que la conoces como yo llegué a hacerlo, dice todo más allá de cualquier verso y eso es algo que de manera indescriptible, he llegado a amar de Ella. Me enseñó a guardar silencio y decir más de lo que expresan las palabras. De hecho, esa fue mi condena, poder leer más allá de lo que podía decían sus labios, cada vez más inertes y cada vez más cerrados. Sentir en sus besos cómo menguaba aquello que en mi corazón fue creciendo sin control; como un incendio voraz que termina convirtiendo el paisaje en una oscura, conmovedora y desesperante naturaleza muerta. Muerta, como el estado natural de todo aquello que una vez estuvo vivo; como yo lo estuve durante gran parte de nuestra particular historia. Aún no se exactamente como todo se fue desvaneciendo de manera tan gradual y oscura. Supongo que con el tiempo, como hacen los niños sin intención alguna, decidimos crecer en distintas formas que nos colocaron en mundos aparte. Madurar es ver más allá de las emociones para tomar las decisiones correctas y Ella, sin lugar a dudas fue madurando a prisa para compensar el tiempo que pensó haber perdido. Pude no solo ver, sino también sentir su mano apartándose de la mía cuando buscaba su calor; su fría indiferencia a los cumplidos; los -Te amo- sin respuesta; el retorno de la tristeza que caracterizaba su mirada en los días de aquella tarde, cuando decidimos vernos en el parque donde cohabitan el teatro, la música y las luces. Ella poco a poco se iba yendo; el mundo poco a poco se hacía más pequeño, más oscuro, más simple y al mismo tiempo más complejo. Se alargaban las distancias y se acortaban las palabras; crecían los miedos. Se volvieron más rutinarios los abrazos y así, del mismo modo, dejaron de ser íntimos los besos. A la medida en la que Ella se iba haciendo más desconocida, yo me iba haciendo más y más como antes. Y así fue como nos volvimos cada día más distantes, y aún estando a la misma distancia donde ayer tres kilómetros parecían dos calles con tal de vernos; hoy fue necesario, para Ella, de manera tan impersonal, como si fuera un simple amigo o muchísimo menos; escribir en un austero mensaje de texto diciendo “siento hacerte esto, pero ya no quiero verte más”. Fue así como terminé de nuevo en este espacio tan pequeño; intentando calmar los nervios; bañado en el sudor frío que antes Ella secaba de mi frente, justo antes de abrazar mi cabeza en su pecho y decirme con dulzura “tranquilo, no hay por qué llorar”. Así fue como termine aquí encerrado, con este miedo tan malditamente fuerte que me dan ganas de vomitar hasta la cena; con estas estúpidas ganas de escribirle, pero con la certeza de que no responderá. Ni por curiosidad, ni por decencia ni consecuencia del amor que un día sintió. Porque sé cómo es ella; porque no necesita decirlo; porque es su forma de decirme en el silencio de su ausencia, “Tranquilo, no llores, simplemente te has quedado solo”.

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